La investigadora que busca la cura definitiva de la diabetes tipo 1

Hay enfermedades que son una condena de por vida. Es el caso de la diabetes tipo I, una insuficiencia crónica de insulina que suele originarse en la infancia y que, al menos de momento, no tiene cura. Los que la sufren sólo pueden agarrarse a un tratamiento: controlar la glucosa en sangre a través de inyecciones diarias, con todo lo que eso conlleva.

María Salazar, investigadora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), aspira a revolucionar las terapias regenerativas contra la diabetes con una tecnología a la que llegó casi por azar. «Los primeros pasos de la investigación que empecé en torno al cáncer no obtuvieron resultados convincentes. Entonces, no recuerdo por qué, me lancé a utilizar el MicroARN, que sirve entre otras cosas para el diagnóstico y el tratamiento del cáncer, en células madre». Y el CNIO, muy receptivo cuando surgen nuevos horizontes, la impulsó a continuar con esa línea de investigación que, desde el principio, «tuvo unos efectos muy sorprendentes».

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Cuando Salazar introducía ese MicroARN en células madre durante un corto período de tiempo, «provocaba una especie de tabula rasa, que permitía que esa célula pudiera convertirse en cualquier cosa y que ejerciera su función de manera potenciada. Lo que conseguimos así son células madre más activas, más eficientes, que después pueden ejercer mejor su función». Pero a esos prometedores resultados iniciales había que encontrarles una aplicación concreta. Y ahí fue cuando, tras investigar su posible aplicación en células cardiacas, entró en la ecuación la diabetes tipo I. «En cuanto empecé a investigar me apasionó todo lo relacionado con esa enfermedad. A nivel biológico es increíble y aún hay muchas cosas que no sabemos de ella».

El proyecto, encuadrado dentro de la iniciativa CaixaImpulse de la Obra Social «la Caixa», fue cogiendo forma hasta que esta científica de vocación tardía -iba para escritora cuando descubrió su pasión por la bioquímica- se centró en desarrollar esas células betapancreáticas potenciadas, capaces de generar insulina a largo plazo, y cómo implantarlas para que no sean atacadas por el sistema inmune. Por eso está compaginando su trabajo en el laboratorio con los primeros pasos para crear una start-up que le permita sacar adelante un plan tan ambicioso. «Eso también lo hace bonito. Cada pasito que damos, cada nuevo resultado positivo, es un subidón».

Sin embargo, el día a día de un científico puede convertirse en un Everest imposible de escalar. «Hay veces que pienso que debería dedicarme, no sé, a plantar zanahorias. Pero a pesar de los malos momentos, de la responsabilidad, del estrés… esto es lo que me gusta, no se me ocurre otra pasión que no sea ésta». Cuando las cosas se tuercen y el trabajo se acumula, Salazar recuerda las consecuencias que su revolucionaria terapia podría tener para los pacientes. «Aparte del coste económico y emocional y del problema social que conlleva pincharse insulina todos los días, a largo plazo les hace desarrollar otro tipo de enfermedades derivadas y problemas cardíacos».

También le ayuda ver cómo un proyecto de este calibre, en el que también está implicado el MIT de Boston, está cambiando su manera de entender su profesión. «Ha sido transformador para mí tanto a nivel profesional como personal. Aquí en el CNIO todos hablamos el mismo idioma y nos entendemos sin problemas. Pero cuando sales ahí fuera con un programa como el de CaixaImpulse te topas con gente que sabe muchísimo de ciencia pero que son expertos en otras áreas, como las relacionadas con los negocios y la empresa. Son capaces de llegar a la esencia de tu proyecto en seguida y eso me ha parecido muy enriquecedor, me están guiando para convertirlo en algo que tenga realmente una aplicación práctica a medio plazo».

Y de eso se trata, de coger aquel eureka que tuvo lugar en un laboratorio y transformarlo en un tratamiento viable capaz de curar definitivamente la diabetes tipo I. Un reto enorme, desde luego, pero también una apasionante aventura.

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